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BOLETIN FAMILIAR
LA ESPERANZA, VIRTUD DEL CAMINANTE
Introducción:
Estimados Padres de Familia:
En la vida todos somos viajeros que nos dirigimos hacia la meta definitiva, Dios. Si el viajero perdiera la esperanza de llegar a su destino detendría su marcha, pues lo que le mueve a continuar el camino es la confianza en poder alcanzar la meta. En la vida humana, cuando uno se propone un objetivo, su esperanza de alcanzarlo se fundamenta en la resistencia física, en el entrenamiento, en la experiencia; en último término, en su firme voluntad, que puede sacar fuerzas, si fuera necesario, de su misma flaqueza. Para lograr el fin sobrenatural de nuestra existencia, no nos basamos en las propias fuerzas, sino en Dios, que es todopoderoso y amigo fiel que no falla.
La vida es como un viaje por el mar de la historia, con frecuencia oscuro y borrascoso; un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente; ellas son luces de esperanza.
Cristo es la luz del mundo, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, para orientarnos en nuestra travesía. Y ¿Quién mejor que María, la Madre de Dios, a quien la Iglesia saluda como “estrella del mar” y “estrella de esperanza”, que con su “sí” abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo? Es Madre de Dios para obtenernos todo y Madre de los hombres para darnos todo. “Ir a Dios por María” es ejercitar un acto de humildad, un acto de fe y de esperanza”
En este mes de mayo, rindamos nuestro homenaje de amor y gratitud a nuestra Madre del cielo que nos dio a Cristo y a nuestra madre de la tierra que nos enseñó a amarlo. Y conozcamos la virtud de la esperanza, con la que “podemos afrontar nuestro presente aunque sea un presente fatigoso, el cual podremos vivir y aceptar si nos lleva hacia una meta, si podemos estar seguros de esa meta y si esa meta es tan grande que justifique el esfuerzo del camino” (Benedicto XVI).
Mensaje: EL PILOTO.
Cuentan que en una ocasión, una persona abordó un avión para viajar a Nueva York. En el mismo avión entró un niño buscando su asiento y se sentó justo al lado suyo. El niño era muy educado y pasó el tiempo coloreando en su libro de pintar.
No presentaba rasgos de ansiedad ni nerviosismo al despegar el avión. El vuelo no fue muy bueno, hubo tormenta y mucha turbulencia. De momento hubo una sacudida fuerte, y todos estaban muy nerviosos, pero el niño mantuvo su calma y serenidad en todo momento.
¿Por qué su calma? La respuesta se supo hasta que una mujer frenética le preguntó: Niño: ¿no tienes miedo? No señora, contestó el niño; levantando los ojos rápidamente de su libro de pintar, le dice: "Mi padre es el piloto".
Hay tiempos en nuestra vida que los sucesos nos sacuden y nos encontramos en turbulencia. No vemos terreno sólido y nuestros pies no pisan lugar estable; no tenemos de donde cogernos, y no nos sentimos seguros. Pero recordemos que nuestro amantísimo Padre Celestial es nuestro piloto. A pesar de las circunstancias, nuestras vidas están puestas en el Creador del cielo y la tierra. La próxima vez que llegue una tormenta a nuestra vida o si en este momento estamos pasando por una, alcemos nuestra mirada al cielo, sintámonos confiados y digamos para nosotros mismos: ¡Mi Padre es el piloto! Vivir la esperanza cristiana es abandonarse en las manos del Padre, acoger el futuro como un don de Dios y responder amorosamente al Dios que nos ama (Mt 6, 25-34).
Nuestra vida se desarrolla entre la alegría y el dolor. Hay días de gran gozo y satisfacción abundante, con una felicidad que parece hacer explotar nuestro corazón. Pero también hay días en que nos sentimos perdidos, confundidos sobre nuestros propósitos y solos ante nuestras dificultades. Disfrutamos la alegría de un nuevo bebé, una amistad profunda, la celebración de un matrimonio, etc. Y sufrimos por la muerte de un ser querido, un divorcio, un padecimiento físico. Todo esto es parte de la vida.
La Biblia nos recuerda que la esperanza cristiana aspira a algo más que ser felices en la tierra, pues existe un anhelo muy dentro de nosotros, en el corazón de toda la creación, por otro hogar, por otra patria Este mundo presente, con toda su belleza y maravilla, no puede compararse con la felicidad que nos espera en el cielo (Cf Rom 8, 18-30).
La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino del los cielos y a la vida eterna como felicidad nuestra, poniendo nuestra confianza en las promesas de Cristo y apoyándonos no en nuestras fuerzas, sino en la gracia del Espíritu Santo (CIC 1817).
Un mundo sin Dios es un mundo sin esperanza (Spe Salvi No. 44); pero como el ser humano no puede vivir sin esperanza, vive aferrándose a todo aquello que le promete futuro, saciándose con realidades pasajeras y frágiles. Así, confía en una esperanza tecnológica, en coches que prometen la inmortalidad a quienes los conducen; en una esperanza reducida convertida en anhelos y deseos de tener; en una esperanza materialista, con toda la variedad de seguros de vida, fondos de pensiones e inversiones garantizadas; en una esperanza pasiva, que anhela seguridad y confianza en quien ostenta el poder; en una esperanza cerrada a la trascendencia, incapaz de saciar la sed de felicidad que el hombre y la mujer del siglo XXI continúan sintiendo dentro de sí mismos. Para un católico, la mayor esperanza es la vida para siempre que nos ha prometido Jesucristo.
Además de obtenernos la gloria del cielo prometida por Dios a los que lo aman (Rom 8, 28-30) y hacen su voluntad (Mt 7,21). nos descubre que las dificultades de esta vida tienen un sentido profundo, no ocurren por casualidad sino porque Dios las quiere o las permite para sacar bienes mayores de esas situaciones. “Todo contribuye para el bien de los que aman a Dios” (Rom 8,28). Esta virtud asume las inquietudes de todos los hombres y las ordena conforme al plan de Dios; libra al ser humano del desaliento, nos sostiene en todo desfallecimiento y ensancha nuestro corazón en la espera de la resurrección y de la vida eterna (CIC 1818). Por lo tanto, el cristiano, frente al mundo y sus problemas, lejos de ser pesimista, es esencialmente optimista. Vivir la virtud de la esperanza produce paz, tranquilidad y felicidad. Con la esperanza cristiana valoramos las cosas de este mundo como caducas y nos hace vivir la vida como un paso para la otra, en la que no hay llanto ni dolor.
Cada ser humano tiene sus deseos, proyectos, dificultades, alegrías y esperanzas. Lo recuerda el Papa Benedicto XVI diciendo que “a lo largo de su existencia, el hombre tiene muchas esperanzas, más grandes o pequeñas; diferentes según los períodos de su vida” (Spe Salvi N°30). Las esperanzas tienen mucho que ver con los sueños. Nuestros sueños pueden transformarse en esperanzas si los vemos a través de la persona de Jesucristo. Desde esta perspectiva, las familias tienen la esperanza de ser felices.
Las familias sueñan, anhelan y esperan transformarse en los lugares donde cada persona pueda llegar a su plenitud humana y cristiana; por lo tanto, deben pasar por un verdadero aprendizaje de la esperanza. a través de la oración, la vida sacramental, las buenas obras e incluso, en algunos casos, con el sufrimiento. Si algunas familias, a causa de mucho dolor, sufrimiento, violencia intrafamiliar, injusticia, problemas económicos, etc., se “desesperan”, siempre pueden esperar que se haga la justicia en el juicio final, porque Dios es justicia. Por lo tanto, “el Juicio de Dios es esperanza, tanto porque es justicia, como porque es gracia” (Spe Salvi N° 47). Finalmente, una de las mejores maneras para mantener la esperanza es que nuestras familias miren a LA VIRGEN MARÍA, ella es nuestra Madre, nuestra Estrella que nos guía hacia su Hijo Jesucristo. Pidámosle a Ella que nos enseñe a creer, a esperar y a amar (Cf Spe Salvi Nº 49).
Questionamiento:
¿Qué lugar ocupa la esperanza cristiana en la escala de valores de su familia?
¿En qué forma ayudan a sus hijos a afrontar las pequeñas y grandes dificultades de la vida evitando la presunción, o la depresión y pesimismo?
¿En su hogar se cultiva la confianza en Dios, en quien todo lo podemos, seguros de que un día gozaremos de su presencia por toda la eternidad?
Bibliography:
Carta Encíclica sobre la virtud de la esperanza (Spe Salvi) S. S. Bendicto XVI
Catecismo de la Iglesia Católica Coeditares Católicos de México
Hablar con Dios, Tomo III Fco. Fdez. Carvajal, Ediciones Palabra, Madrid